A ERNESTO ALAYZA GRUNDY
Por: Juan Carlos Tafur (*)
El 18 de octubre cumplió 75 años Ernesto Alayza Grundy y
dado a su importancia pública y su significación política nos colocamos en el
imperativo de sumarle a su personal e íntima autorreflexión este sencillo
recuento y homenaje.
Bajo esta circunstancia, Alayza participa luego en el
movimiento de Acción Católica, lo cual, además de fortalecer su ya convicto
compromiso socialcristiano, le permitió establecer lazos de amistad con jóvenes
de otros países con similares inquietudes. Personas como Rafael Caldera o
Eduardo Frei compartieron con él ideas y emociones sobre la común realidad
latinoamericana y sobre las perspectivas y dificultades de aplicar la bullente
reflexión pastoral de la Iglesia Católica.
Así se entiende la participación política de Ernesto
Alayza. Sin soslayar que desde muchos años atrás desempeño cargos públicos, en
1956 participa en la fundación de la Democracia Cristiana. En cabal ejercicio
de consecuencia entiende que la política no debe ser un terreno reñido con la
ética cristiana sino, todo lo contrario, su mejor campo de despliegue.
La Democracia Cristiana de ese entonces, a pesar de no
alcanzar el éxito político, desempeña un rol inédito en la historia política
nacional: el de promoción ideológica e influencia doctrinaria. Circunstancias
que no es pertinente detallar hacen que el proyecto se trunque y Alayza, junto
con un grupo grande de demócratas cristianos, decide renunciar. Llevado por el
mismo sentido de consecuencia que le hiciera ser fundador de la Democracia
Cristiana, esta vez, transcurridos diez años, funda el Partido Popular
Cristiano (1966) y ejerce por consenso la presidencia de la flamante
agrupación.
Apartándose de la medianía en cuanto al éxito electoral,
el PPC participa de manera importante en la Asamblea Constituyente de 1978. Con
el limpio antecedente democrático de no haber colaborado con la dictadura, el
APRA, aún bajo la dirección de Haya de
la Torre, y el PPC, comparten responsabilidades, Haya preside la Constituyente,
Luis Alberto Sánchez es su primer vicepresidente y Alayza el segundo.
Se llega al hito democrático de 1980 y en él Ernesto
Alayza resulta elegido senador de la República habiendo participado en la
plancha presidencial de su partido. Además de ello, como parte del apoyo
brindado por su agrupación política al gobierno de Acción Popular, desempeña
luego, entre 1983 y 1984, la cartera de Justicia.
EJERCICIO DE VIRTUD
De por si es destacable la trayectoria reseñada, pero lo
que en esta ocasión queremos enfatizar es el trasfondo de compromiso ético que
la ha acompañado. “Rara avis” de la política nacional ésta que siempre antepuso
su sentido de compromiso a su interés personal. Carente de aquello que se
conoce como el “orgasmo por el poder”. Alayza no orientó sus acciones en tal
perspectiva.
Perteneciente a una generación política
que no cree en la
escisión entre las buenas maneras y la severidad, seguramente causó más de un
enojo por su honesta actitud personal. Entre sus honrosos “desatinos” se cuenta
el haberse definido, cuando muy pocos se atrevían a hacerlo, como un hombre de
derecha o, en gesto que lo pinta de cuerpo entero, cuando la media voz era
general durante la Constituyente al respecto, el haber sido uno de los primeros
en exigir la devolución de los medios de comunicación a sus legítimos
propietarios.
Remontándose por ello por sobre desencuentros producidos
en el fragor de la lucha política, su persona se asienta en el reconocimiento
consensual y respetuoso de sus amigos y hasta de sus adversarios políticos.
Hacer ejercicio de virtud en política es poco común y
hacerlo durante toda una vida, es casi una excentricidad. Es por eso que, en un
país sin memoria como el nuestro, recordar a Ernesto Alayza además de un
homenaje personal por la especial fecha, es también -y más en momentos como el
actual- un acto de pedagogía política.
(*) EXPRESO. Lima, Martes 20 de octubre de 1987. Pág. 11.

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