El congreso y las reformas a la Constitución
Por: Martín Tanaka (*)
En estos días, el Congreso ha
sido duramente criticado, después de que al final de la legislatura 2007-2008
no se logrará ni siquiera discutir en el Pleno la aprobación de un conjunto de
importantes reformas constitucionales.
¿Qué es una Constitución y
para qué sirve? ¿Conviene cambiar la
actual Constitución y, más todavía, ‘volver’ a la de 1979? En general, una
Constitución establece las reglas de juego básicas con las que funciona la
Comunidad política, y establece un conjunto de incentivos y sanciones, de posibilidades
y prohibiciones, que debemos seguir los ciudadanos y los actores políticos. Se
trata de reglas que deben funcionar para todos los actores, de modo que en la competencia
unos ganen y otros pierdan, pero donde los que pierden nunca pierden todo y
siempre pueden ganar en el futuro.
De esto se deriva que, en
cuanto al cambio constitucional, conviene seguir un criterio conservador, ante
el riesgo de caer en la inestabilidad. Como resulta obvio, si las reglas de
juego se cambian constantemente, no hay juego posible. Ahora bien, ¿Qué tan
necesario es cambiar la constitución? ¿Hay actualmente problemas serios que se
resuelven cambiándola? No me parece obvio que la solución de los principales
problemas del país requiera necesariamente de cambios constitucionales; y
muchos de los problemas invocados para justificar las reformas pueden ser
resueltos mediante cambios legales o reglamentarios. No es extraño que la mayoría
no perciba ese debate como trascedente. Sin embargo, más allá de esto, podría
ser conveniente hacer correcciones y mejoras, si es que existiera el consenso
necesario. Pero este no existe, al menos no todavía. Y si no existe, embarcarse
en cambios constitucionales puede ser muy riesgoso.
Actualmente vemos en
Venezuela, Ecuador o Bolivia que sus asambleas constituyentes generaron mucha
polarización social y abrieron la posibilidad de elegir regímenes autoritarios.
O puede caerse en hacer reformas parciales e incoherentes, que empeoren las cosas.
Al congreso le ha caído con
palo en estos días. Ciertamente, la mayoría de las veces las críticas son
ampliamente merecidas; esta vez me parece que no tanto. Algunos han criticado
al Congreso por no velar o representar “el interés general” de la sociedad, y a
los diversos grupos políticos por “priorizar sus intereses de grupo”. En
realidad, Congreso no representa ni puede representar el interés general, que
no existe en abstracto. Lo que si existe es una sociedad con conflictos, con
visiones contrapuestas y en disputa; además, fragmentada y recelosa de la
política. Y el Congreso refleja en gran medida de eso, expresa una correlación
de fuerzas determinada y la debilidad de los actores políticos. En este
contexto, algunas reformas son posibles; otras, no.